
Palo Alto y la Universidad de Stanford: entre eucaliptos, juventud y un alma muy californiana.
- carolinalyonwellne
- Aug 26, 2025
- 5 min read
Hay lugares que, aunque estén lejos de tu tierra, te hacen sentir curiosamente en casa. Así me pasa cada vez que vuelvo a California: esa mezcla de luz, aire fresco, vegetación y diversidad me envuelve como un recuerdo vivido.
Continuando con nuestro recorrido veraniego por distintas universidades, esta semana nos tocó visitar la emblemática Universidad de Stanford, en California. Para hacer la experiencia más auténtica y tranquila, decidimos alojarnos en una casa local en Palo Alto, un vecindario encantador que se siente a la vez sofisticado y acogedor.
California es, sin duda, mi estado favorito en Estados Unidos. Tal vez porque me recuerda con nostalgia a mi tierra natal, o quizás porque su clima, su vibra relajada, la mezcla cultural y la naturaleza tan presente me resultan simplemente mágicas. Cada vez que regreso, siento una especie de déjà vu, como si una parte de mí ya hubiera vivido aquí.
Cierro los ojos y me envuelve esa brisa matinal, fresca incluso en pleno verano, mezclada con el inconfundible aroma de los eucaliptos. Es un instante sensorial que me conecta profundamente con mi infancia y mis raíces, aunque esté a miles de kilómetros de distancia.
Un poco de historia y encanto arquitectónico de Stanford.
La Universidad de Stanford fue fundada en 1885 por Leland y Jane Stanford en memoria de su único hijo, Leland Jr., quien falleció a los 15 años. Con el corazón roto, pero con un profundo deseo de dejar un legado duradero, los Stanford decidieron crear una universidad que “hiciera el bien en el mundo”. Así nació esta prestigiosa institución, hoy símbolo de excelencia académica, innovación y espíritu emprendedor.
El campus es uno de los más grandes y bellos de Estados Unidos. Se extiende por más de 3.000 hectáreas, combinando armoniosamente arquitectura e inspiración natural. Sus edificios de piedra color arena, techos de tejas rojas y arcos elegantes evocan calma y solidez. Desde el Main Quad hasta la icónica Hoover Tower, cada rincón transmite historia y propósito.
Los jardines, esculturas al aire libre y caminos sombreados por palmeras y robles crean una atmósfera casi meditativa. Caminar por Stanford no es solo recorrer un campus: es sumergirse en un legado de humanidad, belleza y visión de futuro.
Primer día de entrenamiento
Dejamos nuestras maletas y nos dirigimos directamente al primer día de entrenamiento de los chicos en Stanford. Esta vez, mi hijo no vino solo: lo acompaña un amigo entrañable, de esos que uno podría describir durante horas. Pero si tuviera que resumirlo, diría que es un chico que me da esperanza. Esperanza de que las nuevas generaciones vienen con una sensibilidad especial, con chispa, conciencia y un potencial enorme para construir un mundo mejor.
Me fascinó observar la interacción entre ellos: dos adolescentes carismáticos, auténticos, divertidos, con esa conexión natural que fluye sin esfuerzo.
Y claro… con la prisa de la llegada y el hambre que siempre sigue a la emoción, ¡tuvimos que ser creativos! A veces, para mí, es más difícil encontrar un lugar de comida rápida saludable que simplemente prepararla yo misma. Pero esta vez, Chipotle nos salvó: un bowl de arroz, con alguna proteína, verduras frescas y aguacate… estés donde estés, esta es una opción práctica y bastante equilibrada para esos momentos de apuro. ¡Y los chicos felices!
Vibra deportiva y recuerdos personales
Con los adolescentes ocupados en sus entrenamientos y actividades, nosotros aprovechamos para empaparnos de esa vibración universitaria y recorrer con calma el campus. Los centros deportivos están bastante cerca unos de otros, y tuvimos la suerte de presenciar una práctica de salto olímpico en la piscina. ¡Simplemente fabuloso!
Desde pequeña practiqué gimnasia artística, y todo lo relacionado con el deporte ; la disciplina, la estética del movimiento, la fuerza del cuerpo bien trabajado, me sigue fascinando hasta hoy. Ver a esos jóvenes entrenando con tanta energía y técnica fue como un regalo inesperado del día.
Vivir Palo Alto como en casa
Una de las cosas que más disfruto de alojarme en una casa, en vez de un hotel, es que ofrece una comodidad distinta y una experiencia más real del lugar. Me encanta sentir la vibra local, esa energía del vecindario, las casas, los jardines, los ruidos cotidianos. Jugamos juegos de mesa que encontramos en la casa, y desayunamos juntos frutas frescas, jugos naturales e ingredientes del mercado local que habíamos comprado el día anterior.
Y claro, después de una larga jornada atlética y calurosa, las camisetas pasaron por la lavadora, un lujo doméstico que se agradece más de lo que uno cree cuando viaja con adolescentes deportistas.
Café, pan y mercado de sábado
Después de desayunar, llegó el momento de buscar una cafetería de la zona. Descubrimos Manresa Bread, un rincón delicioso y sencillo donde nos prepararon un café local aromático y sabroso. Esta cafetería-panadería ofrece desde panes de masa madre hasta croissants delicados y repostería fina que da gusto mirar… y aún más, probar.
Como era sábado, aproveché para hacer una de mis cosas favoritas: visitar el farmer’s market. Para mí, los mercados locales son una de las mejores formas de explorar la identidad de una zona. Productos frescos, flores, conversación con los agricultores, colores y olores que te hablan de la tierra, del ritmo del lugar, de su gente.
Seguimos caminando y llegamos a Downtown Palo Alto, el centro de la ciudad. Tranquilo, cultural, muy californiano en su aire relajado, orgánico y diverso. Un paseo que invita a detenerse, mirar vitrinas, descubrir librerías o simplemente sentarse al sol.
Un festín griego inesperado
Para almorzar elegimos Taverna, una joya escondida de cocina griega que me fascinó. Cada plato fue una sorpresa para el paladar, pero también para mi imaginación: sabores nuevos, nombres imposibles de pronunciar, combinaciones llenas de historia y frescura.
Probamos Dolmathakia, hojas de parra del Valle de Napa rellenas; Spanakopitakia, ese clásico de espinaca con queso feta, puerros, eneldo y masa filo. Pero mi gran descubrimiento fue uno que tengo que recrear en casa: Kolokithokeftedes, unas tortitas crujientes de zucchini con feta y yogur de menta. ¡Una fiesta en mi paladar y en mi cabeza! Entre palabra griega e ingrediente aromático, simplemente me derretí de placer.
Más tarde, llegó la hora de buscar algo rico para comer. Esta vez fuimos al Town & Country Village de Palo Alto, donde descubrimos Wildseed, un restaurante vegano con una propuesta fresca, creativa y una atmósfera encantadora. Su menú cambia mensualmente y se basa en ingredientes de estación, algo que me encanta porque lo mantiene dinámico, local y consciente.
Me sorprendió gratamente la carta de cócteles: todas las opciones incluyen ingredientes saludables como cúrcuma, apio, chlorella o jengibre. ¡Sí, ya sé! Son cócteles y llevan alcohol… pero como habrán notado, ¡me hacen feliz! Nadie es perfecto. Lo bueno es que también ofrecen todas las versiones sin alcohol. Además, tienen sodas caseras, jugos frescos y opciones para todos los gustos.
El lugar me encantó. Tiene ese aire muy californiano: creativo, relajado, lleno de color y sabor. Un verdadero placer para cerrar el día.
Conclusión:
Esta visita a Stanford y Palo Alto fue mucho más que una parada en nuestro recorrido universitario. Fue una experiencia sensorial, emocional y familiar. Una mezcla perfecta entre descubrimiento académico, conexión personal, aire libre y buena comida. California, una vez más, me hizo sentir en casa.


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